Y llegó marzo

Y llegó marzo y con él el último cumpleaños de la casa. El mío. 34 primaveras ni más ni menos, un marido y 2 churumbeles, no está mal con los tiempos que corren. Y es que vivimos en una sociedad exigente, ávida de más y mejor, de “dalo todo y luego te dan a ti”. Pero como dicen que a las personas buenas les pasan cosas buenas (aunque tarden) en esta vida todo llega y un futuro trabajo (al fin!) me ha llegado. Porque todo este cuento de la conciliación, de proteger a la mujer embarazada en una empresa… Todo esto es falso. Es como el otro día os explicaba lo bonitos que son los anuncios de la tele con música que te engancha y demás pero la realidad es muy diferente, la realidad me dio en toda la cara cuando después de más de 6 años trabajando en la misma empresa comunico mi embarazo y dos días más tarde me llaman para pactar conmigo una salida. Sí señores, esto es la realidad. Pactar conmigo ya os informo que no es fácil y en ese momento no llegamos a ningún acuerdo. Ellos alegaban: “Así podrás descansar”, indirectamente me intentaron convencer de que yo no necesitaba trabajar, ah no?? En mi cabeza se oyó esa puñetera vocecita que decía “Claro, si es que lo mio es amor al arte, mira no hace falta ni que me paguéis”. Pero mi boca no vocalizó nada. De hecho nos debían tres pagas extra, con esto os lo digo todo. Total que seguí trabajando, la barriga crecía y ellos optaron por irme dejando de lado. De lado de las reuniones, de lado de los proyectos, me dejaban solo el trabajo de secretaria (sin desmerecer a las secretarias que muchas veces son más eficaces que su propio superior), trabajo “ejecutor” como yo le llamo. Precioso verdad? Muy profesional todo. La historia acaba bien para todos, que nadie se preocupe, volví de la baja de maternidad embarazada de nuevo y allí sí que tuve que pactar ya que el último coletazo por su parte fue cambiarme el horario de reducción por maternidad 1 semana antes de mi incorporación. Y ¿sabéis qué? Es lo mejor que podía haber hecho. Os diré que yo no estoy hecha para ser ama de casa y dedicarme las 24 horas del día a mi familia, lo siento pero no. Me encantaba mi trabajo y a pesar de todo lo ocurrido lo he echado de menos quizás es el síndrome de Estocolmo. O no, no sé. Aunque viéndolo ahora en frío me doy cuenta de que he sido una privilegiada, no por ser una de las paradas de este país, sino por haber podido disfrutar con mis enanos este tiempo.

Gracias empresa por invitarme a salir, seguramente es la mejor decisión que he tomado en mucho tiempo.

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